Archivar paraMayo, 2008

II

A esta hora Pablo comúnmente volvía de jugar fútbol con sus amigos. Era el ritual de los sábados a la tarde. Generalmente llegaba con una sonrisa grande a pesar de encontrarse agotado y muchas veces dolorido por los golpes que se sacudían en la cancha. Jugaba bien, al menos eso decía sin importarle su falta de modestia. Recuerdo como me maravillaba verlo entrar los sábados después de terminar el partido. Lo esperaba como siempre, predispuesta a escuchar las maniobras que llevó a cabo en la cancha, los enojos con algún compañero y las anécdotas infaltables.
Colgaba su campera de algodón color negra en el perchero de madera oscura que estaba del lado izquierdo de la puerta, se sacaba las zapatillas y mientras me daba un beso baboso y discurseaba el partido, nos dirigíamos al baño para comenzar a preparar su refrescamiento en la bañera blanca. Pasaba cerca de 40 minutos sumergido en ella. En tanto se relajaba,  me encargaba de pasar por su blanca espalda una esponja vegetal enjabonada. Disfrutaba mientras lo hacía. Cuando terminaba su baño reparador marchábamos al cuarto donde la cama destendida nos hacía un guiño con el que nos invitaba a sacudirnos en ella, a veces la tentación nos ganaba de mano y en un abrir y cerrar de ojos estábamos al servicio de un placer efímero. Otras en cambio eran más tranquilas y el sexo se dejaba a un lado, pero el contacto físico siempre estaba a la orden del día. Pablo se ponía alguno de sus boxers con dibujos como los de corazones rojos y se tiraba sobre la cama boca abajo mientras seguía contando su tarde. Mientras escuchaba con atención su discurso, untaba mis manos con crema y en el papel de una masajista comenzaba a hacerle toda clase de mimos sobre su espalda. A veces en mitad de la sesión se dormía, otras interrumpía mis masajes para jugar a hacernos cosquillas o a la guerra de almohadas, todo dependía de que tan arduo haya sido el fútbol con los chicos.

Después de tamaño ritual se vestía e íbamos al comedor, donde seguíamos charlando mientras desde los parlantes del reproductor de audio, Beirut, Charlatans, Devendra Banhart, Arctic Monkeys, Kinks, o algún otro sonaba de fondo como pianistas en el lobby de algún hotel. Con Pablo dialogábamos largo y tendido sobre cualquier tema que en ese momento importe. Recuerdo ese  fin de semana de Julio del año 2007 que nevó en Buenos Aires. A diferencia del común de los porteños que festejaban el acontecimiento estaba indignado.

  • - Todo esto de la nieve me molesta bastante, me dijo con seriedad
  • - “nieve”, nieve es la del sur- le decía mientras me reía
  • - Me molesta que la gente salga a festejar nieve en vez de alarmarse- insistía
  • - Ahí tenes razón, no es normal el fenómeno
  • - Deberíamos empezar a concientizarnos y ponerlo como prioridad numero uno el cuidado de nuestro ambiente.
  • - Sí hay poco énfasis sobre eso a pesar de grandes organizaciones, somos demasiado desinteresados los argentinos con ese tipo de temas.
  • - Entiendo que tenemos miles de problemas como llegar a fin de mes, pero justamente si nos preocupásemos mas por el ambiente nos preocuparíamos menos por consumir estupideces, y llegaríamos a fin de mes.- decía afianzando su posición con gestos.
  • - Está bien tu reflexión pero es un problema que debe ser tratado desde la punta.- le dije mientras tomaba un sorbo de té
  • - Sí, tenes razón. Yo pienso contribuir en eso, por esto me voy a poner en actividad y al menos voy a tratar de concientizar a amigos y compañeros.- dijo en voz alta mientras se alejaba rumbo a su cuarto

Continuamente teníamos charlas que se extendían horas y que daban comienzo a otras y así sucesivamente. Pero no siempre nuestras conversaciones abarcaban temas tan importantes como el deterioro del planeta, también había lugar para otro tipo de charlas menos interesantes. Como cuando hablamos de Iván Noble.

Sonaba un tema de Noble en el reproductor de música de la computadora, parafraseé uno de los versos de la canción en voz alta, entonces me miró y me dijo sin escrúpulos:

  • - Para mí Iván noble es un publicista careta que escribe, y siguió con: es un cachorrito de escritor, pescado sin vender
  • - Me gusta como escribe, le dije con cierta apatía por su opinión
  • - Sí igual es simpaticón pero por momentos hace mucho eso de utilizar una palabra muy de lleca (calle) y otra poética. “tus labios me hacen un foul”, cosas así… terminó esto y comenzó a reírse

Otras veces estábamos callados y de repente lo interrumpíamos para comenzar a hablar sobre temas que no tenían mucha lógica o importancia y que desataban en conversaciones absurdas y a veces bizarras o pervertidas. Así sucedió una tarde de otoño en la que nos hallábamos sumidos en el silencio más oscuro y helado que jamás antes hubiéramos compartido, al que molí con una pregunta cotidiana pero que formulé porque el frío del silencio comenzaba a quemarme:

  • - ¿Qué hiciste ayer a la tarde? -Pregunté con intriga
  • - Fui a caminar y me senté en una plaza. -Me contestó con desgano
  • - Ah, ¿y que hiciste en la plaza, pensaste? -Insistí.
  • - No, me deje estar. -Dijo mientras seguía leyendo un correo electrónico en su PC.
  • - Bien, ¿Había palomas? Acá hay palomas en las plazas, ¿no? -Insistí con la conversación
  • - Sí había, y también hay ratas voladoras en Buenos Aires. -Me dijo con una sonrisa
  • - Jajaja, no me las imagino. -Le dije tratando de dibujar una en mis pensamientos
  • - Vos tenes mucha imaginación, ¿Cómo puede ser que no te imagines una rata voladora? -Seguía mientras se reía.
  • - No me imagino una rata voladora, me imagino a una tortuga ninja volando. Tipo Rafaelo, así se llamaba uno de esos no?
  • - Las tortugas ninjas no vuelan. Son ninjas, y los ninjas pueden saltar alto nada más. Y es Rafael, no Rafaelo. Eran cuatro pintores renacentistas. Rafael, Donatello, Miguel Ángel y Leonardo. -Me respondió con un tono de voz raro como si estuviese retándome por desconocer el nombre de esos dibujos animados.
  • - ¿Y? Vos que sabes, capaz pueden saltar y volar a la vez. -Le contesté con desafío mientras él con total naturalidad y como si fuera cuerda nuestra conversación me respondió:
  • - Si, pude ser, seguro que cuando fumaban marihuana volaban y bajoneaban pizza.
  • - ¿Vos decís que le daba un ataque de gula cuando caían?- Pregunté riéndome. Hey Poli, cambiando de tema, ¿Que es exactamente un final? Yo creo que no creo en los finales, es decir, para mi que todo es una cadena infinita. -Era una duda que me carcomía el interior. Él me contestó con seguridad:
  • - Nada es infinito.
  • - ¿Como que no? Si que lo es. -Dije con perplejidad
  • - No. -Arremetió
  • - ¿Por qué estas tan seguro? -Pregunté indignada
  • - El infinito es una excusa para hablar de lo que no conocemos, simple. -Me respondió con entereza mientras yo lo miraba con odio por su respuesta tan franca y le exponía:
  • - ¿Y como podes dar la certeza de que no existe? Ah!, mirá que paradoja vos tampoco conoces lo que fuera lo contrario.
  • - Oh… ¿Estamos ante una discusión infinita? – Me dijo con ironía
  • - Quizás tenga otro desencadenante…podemos seguir enredados en las sabanas de osos que me compre. – Dije con picardía
  • - Mira que casualidad, sabanas de oso, yo también tengo unas sabanas, no precisamente de oso. Pero sabanas al fin.
  • - Quizás podamos enredarnos en ambas y hacer una sola.. -Proseguí mientras con mis manos lo tocaba.
  • - Sí, sí, es una buena idea, o sino podemos tirar las dos a la mierda, y enredarnos entre nosotros. -Me planteó mientras con sus brazos rodeaba mi cintura.
  • - Si… y hacernos una sola persona. -Dije mientras apretaba mi cuerpo contra el de él.
  • - Si, porque hacer una tercera, todavía no da.
  • - ¡No! mejor perpetuemos la de hacernos una sola persona cuantas veces quieras, eh?- Dije entre risas
  • - No hay límites, es infinita la discusión… perpetuemos el encuentro entre y sin las sábanas, eh? Propuso.
  • - Es increíble como se degeneran nuestras conversaciones… ves, no tienen fin, desencadenan unas en otras… TENGO RAZONNN… no hay fin!- terminaba la charla mientras le sacaba su remera de los super sónicos y nos acomodábamos en la cama. Antes de que dejemos de hablar, convencido me dijo:
  • - Todas en sexo Zoks… Somos una dupla muy pervertida.

Como es de esperarse otros sábados las ganas de conversar estaban ausentes, y en momentos como esos si bien compartíamos el mismo ambiente, no nos hablábamos. A veces me ponía a dibujar en algún cuaderno con mis infaltables lápices de colores, a leer algún libro o a estudiar Derecho mientras él usaba su PC, leía algún libro de Kundera, trabajaba o miraba alguna de sus tantas películas.

Los silencios entre nosotros, a diferencia de lo que me ha sucedido con otras historias, no me molestaban porque eran cómodos y no ausentes… bastaba mirarlo de reojo o escucharlo bostezar para sentirme bien y seguir en lo mío.

Compartíamos muchas cosas en común menos el mate. Justamente recuerdo esto porque en este instante en que redacto mientras rememoro los recuerdos, estoy cebándome algunos. Es la hora del mate o de la merienda. Pablo no tomaba, yo creía que se debía a una costumbre porteña. Odiaba que lo prejuzgue así, cuando decía esto me retrucaba que el sufría de acidez y que por esto nunca consumía.

Apaleábamos en común el desaliento por las cosas dulces, no eran cosas que nos vuelen la cabeza o que se nos antojen, éramos más bien de las comidas saladas. De vez en cuando en nuestros encuentros, el caqueo era el anfitrión de las noches. Caqueo era un neologismo inventado por él al que le atribuía la definición de “comer porquerías, escuchar música, mirar películas, fumar cigarrillos y/o marihuana”, y no hacer mas que eso a lo largo de la vigilia.

Las veces que visitaba a Pablo siempre tenían ese “no sé que” que hacían de ese día, uno especial. Los sábados que optábamos por caquear comíamos hasta que nos duela la panza y de la misma forma nos reíamos. Si hay algo que lo hacía atractivo era su humor. Asimismo bebíamos alcohol de todo tipo, algunos de ellos jamás había probado en mi vida pero conocer era algo que Pablo siempre me proporcionaba. Seguidor del cine, casi adicto, una adicción un tanto contagiosa. Quizá sea porque cuando alguien nos habla de algo con tanta pasión o sabiduría o ambas cosas, lo hace más sabroso. Como narré más arriba, dentro de su definición de caquear, mirar películas era una de las características. Por él conocí Cinema Paradiso, Antes del amanecer, antes del atardecer, Gran pez, Laberinto y otras tantas que harían una lista sin fin si escribiera todos sus títulos.

También es cierto que algunos sábados fumábamos cannabis, y mientras andábamos por las nubes, encontrarnos ahí arriba llevaba a grandes finales que muchas veces se conjugaban con el principio de un quiebre en el raciocinio.

Cuando caíamos vigorizados sobre su cama, la energía por seguir en contacto no descendía. Arrancábamos siempre con caricias lentas. Reconocer con la yema de mis dedos su rostro en la oscuridad me obnubilaba. Emprendía por el contorno de su cara, rozaba sus lóbulos, seguía por la comisura de su boca y proseguía recorriéndola hasta terminar de dibujarla con la punta de mis dedos por encima de la suya. Era una boca grande como la de Steven Tyler, con unos labios carnosos como los del líder de los Stones. Seguía por su nariz. ¡Qué perfección la de su nariz! Fina, pequeña y con dos grandes orificios que le permitían respirar todo el aire. Después continuaba por sus ojos. Marrones como todos los ojos, pero en mí los de él eran distintos, de los mas lindos. Una vez que terminaba de dibujar su rostro con mis manos, con ellas comenzaba a rozar la entereza de su pecho hasta llegar a su sexo, mientras con mi boca buscaba la suya y ahí nacían los besos. Los besos eran tal lo escribió Cortázar en el capítulo 7 de Rayuela. “las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes (…) Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella.” Y en el renacer los besos se convertían en besos más bruscos, y nuestras manos se nos salían de nosotros, y las ropas se nos salían solas. Ansiosos nos besábamos la piel. Conocí con mi boca y lengua la completitud de su cuerpo. Podría contar sobre sus hombros y su clavícula marcada, sobre sus piernas flacas y huesudas, sobre su panza plana y el lunar en su cuello, así también sobre mis debilidades, el hueco de su ombligo y su sexo.

Cada vez que teníamos relaciones sexuales era como si en ellas nos encubriéramos y redescubriéramos simultáneamente. Iniciábamos la hazaña reconociéndonos, hasta conocernos, después era abordada por él, y ahí ya no éramos uno y uno sino solo uno. Unificados comandábamos las noches donde dar y recibir placer era un hecho. Por momentos al sonido del ir y venir de nuestros cuerpos fusionados se le anexaban frases sueltas de nuestras bocas sedientas, ¿Qué decíamos? Quien sabe. Me complacía ser partenaire de Pablo. Llegar al orgasmo era como el último grito de Alcorta. En esos segundos que dura el éxtasis que conlleva al final, permanecíamos rígidos y agazapados, respirándonos y sudando un sudor que era el mismo, y nos mordíamos la carne mientras hundía mis manos entre su pelo y lo apretaba contra mí con las piernas enredadas sobre su cadera. En tanto, nos besábamos entrelazando nuestras lenguas que jugaban embebidas. Y después, así quedábamos, una vez más hechos uno y uno, separados, recostados sobre la cama y sin tocarnos. Volvíamos a respirar corrientemente mientras de a poco el pulso se normalizaba. Eran esos minutos donde no queríamos que nos roce nada para poder retrotraernos a nosotros. Luego sí, volvía el tacto y terminábamos en brazos de Morfeo, exhaustos y satisfechos hasta la próxima ronda que a veces no tardaba en llegar.

Cuando concluía mi visita, a esta misma hora en la que estoy consumando mis líneas, él se recostaba con Ortega y Gasset, sus dos gatas, en un sillón desde donde una vez me dijo con astucia: “voy a enseñarte mi sillón y su resistencia”. Se tiraba ahí a esperar que el tiempo transcurriera y llegara al momento en que yo dejaba su espacio para volver al mío. La hora que marca el reloj en este punto, es el mismo tiempo que en mí antes significaba el intervalo de la despedida, del vacío. Hoy ya no hay vacíos sino recordaciones. Pablo significó un periodo corto en el tiempo de interrupción de mi soledad, que solo causó un amor mas profundo que estar sola y la conjetura razonable de un montón de textos amontonados en los que se proyectan como en un film con voz de tinta los recuerdos.