Las vueltas de la vida nos acercaron de nuevo. Era tarde, muy tarde. Yo recién salía de mi oficina después de una jornada extensa y agotadora.  Llegaba al lugar de siempre; la estación catedral de la línea D. No me imaginaba que el destino me tendría guardada tal sorpresa.

Comienzo a explicar. Esa nochecita de otoño me reencontré con Pablo. Las vueltas de la vida quisieron que fuera así y ahí, en ese subte…
Subí apurada al tren cuando las sirenas ya sonaban. Señal de que corría riesgos de ser apretada por esas pesadas puertas que comienzan a cerrarse. Entré y me acomodé en una butaca que para mi suerte estaba vacía. Lo ví entrar, lo reconocí. Reconocí su espalda. Empecé a sentir un hormigueo en las manos, también en la panza. No estaba cien por ciento segura de que fuera él pero a la vez lo estaba.
Giró. Le pidió disculpas a una mujer a la que había empujado y seguidamente se puso a hacerle morisquetas a un nene. Era él.
Lo observé fingiendo no reconocerlo. Sacó un yo-yó de su bolsillo mostrándole sus habilidades al nene que estaba en la falda de su madre mientras ella y él le festejaban sus piruetas. Ahora sí estaba en lo cierto, era él.
Pienso que sintió mi mirada porque me miró de repente. Hice una sonrisa estúpida. En ese instante sentí que el mundo se paralizaba y no escuché mas nada que su “Zoca”. Lo saludé como corresponde; sin dejarme entrever sorprendida ni nerviosa.
Comenzó una conversación hilada por banalidades. No sé que me decía, no lo recuerdo porque creo que no escuché nada. Mi cabeza estaba en modo off y lo único que podía hacer era asentir con la cabeza.
Llegó mi parada de subte y la dejé pasar. En estación Bulnes me percaté y disculpándome lo despedí sin decir más. Bajó conmigo, me acompañó a mi casa. En la medida que las cuadras pasaban mi nerviosismo también lo hacía.
Llegamos y subimos a mi departamento que queda en el piso 7mo del labo B. Casandra me saltó, en seguida lo miró y olfateó como si ella fuera un perro y no una gata.
Pablo sonreía y yo también. Compartimos el futón mientras tomábamos un té verde. Me miraba, yo no podía sostenerle la mirada. Sentí en ese instante que la vida me daba un changüi. Pablo, el protagonista de mis cuentos de todo el 2007 y 2008 estaba acá, en mi 2011 escribiendo un nuevo capítulo.

Debo ser sincera, estaba intacto, sólo a su imagen aniñada se le habían anexado unas pequeñas y finas patas de gallo en sus ojos, pero lo hacían igual o más atractivo que antes.

En la medida que pasaron las horas volví a conocerlo, o nos reconocimos, no sé. Lo cierto es que estaba ahí con él; con Pablo, el de mi historia sin cicatrices; con Pablo, el de Polípices; con Pablo, el que una noche entre bromas me invitó a conocer su sillón y su resistencia; con el mismo Pablo que adoptó una vez y para siempre a Ortega y Gasset.

Yo discurseaba verborrágica los últimos años y él bebía tranquilo el té en tanto me escuchaba sin bajar la mirada, con sus ojos enormes y marrones.

Lo sentí parte mía y no quería que se fuera. Juro que eso fue lo que me pasó. Esa noche los astros estaban de mi parte; no se fue. Pedimos comida a un delivery de la zona y seguimos conversando hasta que por fin la noche quedó vasta de palabras y me besó.
Sí señores, así de rápido pasó todo. Me besó y en ese beso sentí que mi corazón (sí mi corazón) se rearmaba con sus cientos de pedazos que lo conforman. Mi corazón estaba desmantelado hasta entonces. Era un puzzle que en más de medio año no había podido reconstruir.
Me sentí extrañamente feliz, me sentí extrañamente reconocida. Era yo, era Zoca, la que había escrito tantos cuentos sin finales tristes que hablaban de este Pablo, o Poli, que ahora mismo estaba conmigo en mi departamento.
Secuencia que no imaginé en los últimos tres años. Las cartas estaban sobre la mesa y me invitaban a jugar una partida. No había chances de perder, no había una sola chance para perder nada porque todo, en esa primera noche que el desconcertante destino me había preparado, fue pura dicha.

Ahora ahí estaba yo en brazos de él. Del protagonista de mis primeros cuentos de amor, de los primeros cuentos que no hablaban de hartazgo ni de desamor. Lo besé hasta cansarme.  Lo besé con la boca y con los ojos, me besó de igual manera, lo besé hasta convertirnos los dos en uno solo. Lo besé hasta que la noche dejaba de parecerse a un cuento clásico para pasar a ser la realidad entre mis sábanas.

 

Advertisement